Saltar al contenido

BLOG


Me enseñaron a no llorar. Mi cuerpo me enseñó lo contrario

Llorar siempre ha sido un tema delicado para mí. Crecí aún en una generación donde, aunque no lo hacían con mala intención, te decían aquello de “no llores”, “no te pongas así”, “no merece tus lágrimas”.

No era dureza, era impotencia.

Les dolía verme llorar y pensaban que consolar era cortar el llanto, no acompañarlo. Pero ese mensaje, repetido una y otra vez, me enseñó a tragarme las lágrimas, a hacerme la fuerte, a llorar sola o, directamente, a no llorar porque ya no me salía. Y claro, lo que no expresaba por los ojos, lo expresaba el cuerpo. Lo que no lloraba, lo somatizaba. Y ahí entendí que reprimir no te hace fuerte: te enferma.

Con el tiempo descubrí algo que nadie me explicó de pequeña: llorar no es un fallo del sistema, es parte del sistema. Es una función biológica diseñada para regularnos. Cuando lloras, tu cuerpo expulsa cortisol, la hormona del estrés. Literalmente la saca fuera.

Y mientras lloras, tu sistema activa oxitocina y endorfinas, que son las hormonas que generan calma, alivio y sensación de seguridad interna. Por eso después de llorar respiras mejor, piensas mejor y sientes que algo se recoloca. No es debilidad, es química, es regulación.

Y aquí quiero dejar algo claro: no lloramos por nadie.

Lloramos por lo que nos duele, por lo que nos toca, por lo que nos rompe por dentro. Lloramos por la tristeza que se activa, por la identidad que se mueve, por la historia que se remueve.

Lloramos por nosotros, no por la persona que lo desencadenó. Y eso es importante entenderlo, porque cuando alguien te dice “no merece tus lágrimas”, no entiende que las lágrimas no son para esa persona: son para ti.

Yo he sido de las que tragaba, de las que apretaba la mandíbula, de las que se decía “venga, no llores ahora”. Y claro, el cuerpo hacía su trabajo: tensión, dolor, ansiedad, opresión en el pecho, insomnio. El cuerpo siempre encuentra una vía de escape. Si no sale en lágrimas, sale en síntomas.

Y ahí fue cuando dije basta. Si quiero llorar, voy a llorar. Prefiero mil veces llorar y dejar que mi sistema se limpie, se regule y se reorganice, antes que tragarme algo que luego me va a pasar factura por dentro.

Porque llorar no solo limpia emocionalmente, también limpia biológicamente. Es agua que arrastra química, tensión, memoria corporal. Es una forma de volver a ti. Y cuando lo entiendes así, llorar deja de darte vergüenza. Deja de parecerte un fracaso. Deja de ser algo que escondes. Se convierte en una herramienta, en un acto de coherencia, en una forma de decirte a ti misma: “esto me duele, y me permito sentirlo”.

Hoy, cuando acompaño a alguien en consulta, siempre explico lo mismo: llorar no te hace débil, te hace honesta/o, te hace humana/o, te hace coherente con lo que sientes. Y cuando eres coherente, tu sistema se regula, tu biología se ordena, tu identidad se alinea. Tu alma respira. Llorar es una forma de volver a casa.

Y si alguien te dice “no llores”, o “los hombres no lloran eso es de mujeres o débiles” recuerda que no es por ti, es por su incomodidad. La tuya importa más. Tu cuerpo sabe lo que hace. (Y de débil nada monada, ya te lo digo yo).

Y cada lágrima que sale es una emoción que deja de quedarse atrapada dentro.