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A menudo, en consulta, buscamos entender el origen de nuestra ansiedad o de ese malestar que no nos deja avanzar. Sin embargo, no siempre la solución pasa únicamente por el análisis de nuestros pensamientos. A veces, la clave está en el cableado interno que une nuestro cerebro con el resto de nuestros órganos: el nervio vago.
Este nervio es el componente principal de nuestro sistema nervioso parasimpático. No es simplemente un transmisor de señales; es una vía de comunicación de doble sentido que recorre nuestro cuerpo desde el tronco cerebral hasta el abdomen, pasando por el corazón, los pulmones y el sistema digestivo. Es, en esencia, el encargado de gestionar nuestra respuesta de calma y restauración.
La importancia del tono vagal
Desde la psicología holística, entendemos que un tono vagal bajo nos mantiene atrapados en un estado de supervivencia. Cuando el nervio vago no funciona de manera óptima, el cuerpo interpreta que sigue en peligro. Esto se traduce en síntomas físicos muy reales que retroalimentan nuestro malestar psicológico:
* Digestiones pesadas o inflamación (ese segundo cerebro que es el intestino).
* Una frecuencia cardíaca que no termina de estabilizarse.
* La sensación constante de estar «en alerta» incluso cuando no hay una amenaza real.
Cómo trabajar a favor de tu sistema nervioso
Lo interesante de este enfoque es que podemos intervenir directamente en este sistema para mejorar nuestra resiliencia emocional. No se trata de trucos, sino de darle al organismo las señales correctas para que recupere su equilibrio:
* La respiración diafragmática: Al alargar la exhalación más que la inspiración, estamos enviando un mensaje directo al cerebro a través de las fibras del nervio vago que pasan por el diafragma. Es una forma de decirle al sistema nervioso que puede bajar la guardia.
* El contacto con el frío: Pequeños estímulos, como agua fría en el rostro o la zona del cuello, activan respuestas reflejas que mejoran instantáneamente el tono vagal, ayudando a reducir los picos de ansiedad.
* Vibración y sonido: El nervio vago inerva la zona de la faringe y la laringe. Actividades tan cotidianas como cantar, tararear o incluso hacer gárgaras, generan una vibración mecánica que estimula el nervio y favorece la relajación.
>>Una lectura recomendada<<
Si este tema te interesa tanto como a mí y quieres profundizar en la ciencia que hay detrás de todo esto, hace poco leí un libro que me parece una guía fundamental: «Estimula tu nervio vago» de Antonio Valenzuela.
En él se explica maravillosamente cómo combatir el estrés y la inflamación desde una base clínica, Holística y práctica.
Al final, sanar de forma holística implica entender que nuestra mente no vive aislada; habita un cuerpo con el que necesita estar en sintonía. Cuando aprendes a cuidar tu nervio vago, estás cuidando la raíz de tu bienestar emocional.

